El Fadrí, siempre llamado el Campanar de la vila, ha estado presente en la vida de los habitantes de Castellón a lo largo de los siglos, el sonido de sus campanas proporcionaba información muy valiosa y en muchos casos vital. Por ejemplo, se realizaban toques en caso de peligro para alertar de los frecuentes ataques a la costa mediterránea desde el mar.
El campanario marcaba el ritmo de cada jornada, empezando por el toque del amanecer, una hora antes de salir el sol. Cuando los serenos se retiraban, se abrían las puertas de la muralla y se iniciaba la actividad. El toque del mediodía, a la hora del ángelus, servía para hacer la parada del almuerzo. Al atardecer se avisaba a quien estaba por el término de la villa de que debía volver a casa, ya que, después, el toque de almas anunciaba que se cerraban las murallas, y comenzaba la ronda de la guardia nocturna y de los serenos, mientras las familias se preparaban para irse a dormir. Estos toques básicos se alternaban con muchos otros, incluidos el toque de la campana del reloj que marcaba las horas y el de las campanas que indicaban los cuartos.
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